domingo, 6 de agosto de 2017

Contarte el mar


Recuerdo el día que me dijiste que te explicara qué era el mar. Eras muy pequeño y me miraste con esa expresión de curiosidad, tan tuya. Habías escuchado esa palabra, y la conocías por los libros que aprendiste a leer mediante el tacto. No sabía cómo hacerlo y decidí que lo mejor era llevarte allí. Fuimos de la mano hasta la orilla. El viento trajo su aroma a salitre, despertando en ti nuevos sentidos. Con tan solo nueve años, tú habitabas en la tierra de los sueños, donde todo es posible, y anhelaba que descubrieras la atracción de estar frente al gigante azul.

Llevábamos una pelota de plástico y te hice pasar las manos por toda su superficie. Tú ya sabías qué forma tenía nuestro planeta. El mar —te expliqué— lo rodea todo, pero nadie puede ver como se curva. Lo que tenemos ahora ante nosotros es una explanada en eterno movimiento, con una línea en la lejanía que parece el final, pero no lo es, pues el mar sigue y sigue. Su vida transcurre en paralelo a la nuestra en tierra. Tierra y mar se necesitan, como si fueran hermanos inseparables. Aquí mueren todos los ríos, pero nacen todas las lluvias que alimentan a esos ríos. Dentro habitan los animales que te he enseñado en tus libros, y en sus profundidades peces de formas extrañas que emiten luz propia…. Puedes cruzarlo por encima navegando —llené un cubo con agua y te hice pasar una hoja por encima del agua, suavemente, apoyando sobre ella tu aún tierno dedo índice—. Hace mucho, viejos bergantines y galeones lo surcaban con todas las velas desplegadas al viento, hinchadas como si fueran inmensas pompas de jabón. Siempre ha habido algo misterioso en él, por eso muchos exploradores —te encantaban los cuentos de exploradores—  han querido cruzarlo, para ver qué había más allá.

Tocamos la arena y, muy despacio, el agua de la orilla. Tenías algo de miedo, pues aquel sonido te parecía furioso. ¿Por qué ruge así? –preguntaste–. Porque aquí se interrumpe y empieza la tierra —respondí—. La textura de la espuma te recordó a muchas otras cosas que ya conocías. El cosquilleo te hizo sonreír y el temor dejó paso a la sorpresa y la felicidad. Cientos de sensaciones nos rodeaban. Se escuchaban niños jugando, y el canto de las gaviotas. Con tu mano firmemente agarrada a la mía, empezamos a adentrarnos. Un salto, y otro, esquivando los tirabuzones que poco a poco empezaban a calmarse, y finalmente, tú empezaste a nadar, como si lo hubieras hecho durante toda tu corta existencia. El frío provocó un estallido de carcajadas. Contuvimos la respiración y, siempre pendiente de ti, te acompañé a tocar el cercano fondo. Quisiste disfrutar de la ingravidez y del silencio hasta que ascendimos para tomar aliento. El sol empezaba a alcanzar su cenit y nosotros a sentir su estímulo. Me pregunté cómo habrías recreado todas esas emociones en tu mundo interior.

—¿De qué color es, mamá?  
—Es transparente, carece de color, aunque se camufla de un azul bellísimo, pues actúa como un inmenso espejo reflejando lo que ve. Se tiñe según la intensidad cromática que adquieren los celajes, desde un intenso cobalto al turquesa, y a veces de un tono gélido como el metal o hasta un carmín como el fuego. Su movimiento produce destellos, puntitos brillantes que se apagan y encienden en un continuo centelleo. Sé que es difícil explicarte todos esos matices, pero lo más mágico es que se torna radiante bajo el sol, se apaga ante las nubes, y se enturbia cuando arrecian corrientes y mareas.

—Entonces —dijiste—, es del mismo color que la alegría, la tristeza, o el enfado. ¡Se parece a mí!
—Sí —afirmé—. En cierta manera es como nosotros, pues todos los seres provenimos de ahí. Él es el creador de la vida, de todas las vidas. Y por ello debemos mimarlo, y amarlo como el mejor de los regalos que nos ha sido dado.

Me pediste que a partir de esa noche leyéramos todas las historias del mar que se hubieran escrito. Y fue así cuando, por vez primera, yo pude ver el mar.
 

                                   Madre e hijo en la playa (Joaquín Sorolla)

martes, 4 de julio de 2017

Mi futuro


Decían que ser nosotros dos no sería fácil. Pero se equivocaban. No lo fue para nuestras familias, para nuestros amigos, ni mucho menos para ambos. La dificultad es solo una ilusión, una barrera imaginaria, presente únicamente en la mente de obtusos que ocultan sus propios complejos. En la mía solo están sus manos, sus ojos y sus ganas de vivir.

Soy de natural circunspecto y mi otra mitad colma con su extraversión y alegría esa seriedad que tanto que me reprocha, pero que también necesita. Lo nuestro es especial. Tanto que el mundo debería sentir envidia.

Afuera, las calles arden esta noche.

¡Salgamos! -Me dice. 

El exceso, el ruido, nunca fueron conmigo. En sus ojos ya conoce mi respuesta, porque es idéntica cada año. Resignado, pero no triste, coge su libro donde lo dejó dispuesto a retomar la lectura. Le contemplo desde la puerta de la cocina. Ese contorno tan familiar, esas gafas gruesas, y el alma limpia, tan ausente de malicia. Mi gran amigo y confidente. Mi presente y mi futuro.

Para su sorpresa, le quito el libro y le digo “¿Y por qué no?”

Tomo su mano y salimos. Él enarbolando con orgullo su arco iris, y yo con mi habitual blanco y negro.

En perfecta armonía.

domingo, 2 de julio de 2017

Pretensión geométrica


Durante mucho tiempo su única verdad fueron sus cuatro lados idénticos y cerrados. Fuera de esas fronteras, no había nada. Un día la naturaleza le hizo una visita y el cuadrado quiso encerrarla en su interior, rigiéndola bajo sus normas. Pero por dentro, ésta abrasaba como un volcán amenazando con estallarlo todo. Y así lo hizo. Sus cuatro lados cedieron ante una explosión multicolor.

La desdichada figura recobró su dibujo original, hermético, mientras contemplaba tal aparente caos, jamás antes conocido. Había algo poderoso en aquella sugerente danza de formas, todas diferentes, con nuevas perspectivas que se transmutaban sin fin. La naturaleza es caprichosa e intrigante, y la inflexible figura sintió curiosidad, quería saber qué era aquello. Tenía que avanzar, ir más allá.

Probó a doblar un lado, y luego otro, y otro. La rigidez de las líneas rectas insistían tercamente en regresar a su seguridad, pero los dogmas de la naturaleza, libres y seductores, pudieron más que su miedo. Los ángulos cedieron, y el cuadrado se curvó. De repente podía moverse, deslizarse, amoldarse, incluso tornarse elíptico.

La elasticidad le permitió integrarse con orgullo en la verdadera esencia, bella y contradictoria, de su nueva geometría circular. Ahora nada era exacto, pero todo era verdadero.
 

                                     Arcoíris circular (espectro de Brocken)

domingo, 18 de junio de 2017

Reencarnación


La anciana lleva con delicadeza la diminuta vela cuya llama apenas se distingue ya. Un levísimo punto de luz. Cualquier pequeña ráfaga de aire la extinguiría del todo, pero es importante que no suceda. Todavía no.

Aún mantiene el paso firme en el camino expuesto, tantas veces recorrido. El paisaje sigue siendo abrumador, pero nada puede distraerla ahora. Orando en silencio fija su mirada hacia los restos del fuego que ella misma fue mucho tiempo atrás. Se vuelve a ver con sus largas trenzas azabache corriendo de niña por ese mismo valle, allí donde nacer, vivir o morir no es más importante que la nieve sobre las cumbres, o el ciclo de los arrozales. En este lugar el tiempo no se mide en plazos determinados, y nadie se interpone ante las implacables fuerzas del aire, el agua, el fuego y la tierra.

Tsering, cuyo nombre significa larga vida, ha llegado al final del camino. Las rocas que ha ido acumulando a lo largo de los años siguen ahí, en equilibrio, formando su pequeña estupa en un recodo protegido del sendero. Sobre la última piedra, siete velas aguardan. Con sumo cuidado las enciende, una a una, alimentándolas por la llama agonizante. Finalmente, deja la suya, ya violácea, justo en el momento en que desaparece dejando paso a una vibrante estela de humo. Ha encomendado el último deseo para que la vida sea próspera a sus seres queridos. El rojo intenso de los siete fuegos parece augurar un buen futuro a ese anhelo.

Ahora ya puede regresar, y lo hará en forma de viento. Ese es el regalo concedido por haber concluido su viaje con sabiduría. Viento libre, puro, en eterno movimiento. Poderoso y privilegiado vigía, a cuya merced estarán todas las obras de Tierra, que gozará de voluntad propia para atravesar, de nuevo, la carne amada.

                                       “Minvant” autor Eduardo Garrido©

sábado, 22 de abril de 2017

Éramos seis


Llevaban años allí ordenados en el cuarto donde solo se podía pasar de vez en cuando. Yo sabía tras esos lomos tan bien dispuestos sucedía algo, y que era emocionante. Había oído hablar de ellos, así que una tarde me decidí. Creo que fue el primer libro que leí, el primero de verdad. Se llamaba “Los cinco y el tesoro de la isla” y yo no tendría más de 10 años. Era un libro pequeño, compacto, que amarilleaba. Los cinco. En mi familia somos cinco y teníamos un perro. Coincidencias. Qué iba a saber yo que dentro de ese libro estarían, por primera vez, condensados todos mis anhelos en una infancia que soñaba con aventuras. Que había hasta un perro y una chica de pelo corto y enmarañado que, como yo, se divertía más actuando como un chico que como se suponía que debía de comportarse una chica. No podía ser mejor. Pero sí lo fue. Y yo pasé a formar parte de ese grupo.

 
Había una pequeña isla con restos de un naufragio y la leyenda sobre un tesoro. Pasadizos secretos. Acampadas, historias a media luz. Todo ambientado en un largo verano. Libertad absoluta. ¿Puede ser que un libro llegue a ser tan intenso que puedas sentir hasta los sabores de los alimentos que se describen? Sí. Puede ser. A mi me sucedió. Yo podía salir y viajar con ellos en esas horas de lectura que, sin saberlo, luego me llevarían a miles de lugares, con cada personaje y cada nueva historia a la que regresaba, robando horas de sueño. Esa fue mi primera incursión en el mundo sin limites que era la literatura y nunca olvidaré la magia de ese pequeño universo. Me sorprendo a veces pensando en que esos personajes no han envejecido conmigo. Siguen allí, Dick, Julián, Ana, Jorge y Timoteo, resolviendo enigmas, en aquella región inglesa tan vívida en mi imaginación.

 
Blyton convirtió lugares cotidianos en lugares extraordinarios. Aún, después de tanto tiempo, escudriño el horizonte de un mar un poco menos azul, esperando encontrar la silueta de la isla del tesoro.


Jubilación anticipada

Doce de la noche…

A Beatriz le inspiraba la noche. Aquel silencio. Era un momento enteramente suyo, aunque sabía que al día siguiente el insomnio pasaría factura. Estaba a punto de concluir su séptima novela policíaca, con una extraña sensación de ansiedad. Se daba cuenta de que escribir la saga se estaba empezando a convertir en una obligación. Lo que ignoraba es que era el protagonista que había creado el que se había cansado de su propia historia y que él solo estaba precipitando su final.
 
Ánimo –se decía la escritora–. Tan solo dos capítulos más.
 
Capítulo IX

Sebastián Ponce estaba frente su vieja mesa de trabajo contemplando distraído el café humeante, demasiado amargo.  ¿Es normal que tenga ese olor tan rancio? Para qué hacerse preguntas. Nunca obtengo respuestas, aquí todo viene impuesto, me guste o no.
 
Ahí entra el joven, ese que muestra tanto entusiasmo. Ingenuo. Solo lleva tres semanas aquí, claro.  
 
-         Jefe, ¿has leído las noticias? ¡creo que esta vez lo tenemos!  
 
Ese tuteo. Qué manía. Yo le doblo la edad, tengo un rostro adusto con cara de malas pulgas, y soy seco. Todo el mundo lo sabe. Por qué me tutea. 
 
-         Jefe –insiste– ha dejado demasiadas pistas esta vez, fíjate–. Se me acerca con el periódico abierto, plantándomelo en las narices, casi me tira el café encima.
-        Lo sé –respondo, y procuro que mi tono disminuya su exceso de optimismo.
-        Mira la foto que han captado las cámaras –me señala una imagen borrosa– ¡es una mujer! y no precisamente joven. Mira la silueta encorvada, fíjate el cabello cano que apenas cubre el pañuelo. Justo después de marcharse encontraron otra de sus notas….Ya sabemos dónde actuará la próxima vez ¡¿Puedes creerlo?!  
 
Pues claro que puedo creerlo –piensa para sí–. Estás hablando con el detective Ponce, principiante. Ya hace tres días que sé quién es la responsable de las fechorías. Y la deducción no podría ser más rutinaria. Más aburrida.   
 
Tres de la madrugada… 
 
Beatriz resolvió el capítulo explicando los detalles, las claves del nuevo misterio por el inteligente, carismático y malhumorado detective que había salido de su imaginación hacía ya casi diez años. Pero el personaje que tanto la sedujo por la cantidad de matices que se podían hallar en él ahora se le antojaba anodino, demasiado previsible. Había sucedido lo que más temía como escritora: la inspiración se había esfumado. Quizá no debí eliminar a su gran amor de la escena, daba mucho juego –se preguntaba–. Pero claro, ahora no puedo resucitarla. Tal vez le ha faltado un verdadero amigo…quién sabe si un hijo. 
 
Pero Beatriz había ido restándole más de lo que le daba. Lo estaba convirtiendo en un pobre diablo, alcohólico y solitario. Si el lector ve lo mismo que yo percibo –meditaba-, va a cerrar el libro antes de llegar a la mitad. 
 
Tres horas después, decidió tomar una resolución. Drástica, sí. Pero la única posible.  
 
Capítulo X
 
Cuando Ponce bajó la escalinata, sumido en sus pensamientos, no se percató de que le habían estado siguiendo. Llegó al andén. No había nadie a esas horas. La llegada del último tren estaba anunciada para dentro de cuatro minutos y medio. Otro día más – pensó, con amargura-. No me importaría jubilarme hoy mismo.  
 
A sus espaldas, una voz le formula una pregunta. Apenas es un susurro. Ponce se da la vuelta con desgana, dando por supuesto que alguien necesita orientación en el laberinto de las líneas del metro. Pero lo que ve le deja estupefacto. La figura enjuta de la mujer de la foto que había visto esa misma mañana, pañuelo sobre la cabeza, vestimenta sencilla, figura encorvada. Y lo peor de todo. Esa sonrisa.
 
-         Le estoy preguntado si me reconoce.  
 
No le da tiempo a responder, ni a reaccionar. El resplandor de los faros del tren lo ciega, y luego…nada. Aún en esos breves segundos le sucede un torbellino de pensamientos, que son un reproche más bien. Parece mentira, todos estos años de reflejos tan rápidos, de salir airoso de todo, y va a acabar conmigo una ancianita.   
 
Seis de la mañana… 
 
Cuando Beatriz concluyó, se mezclaron varios sentimientos pero predominó el alivio. Era consciente de que el final precipitado, inesperado, e incluso cómico, no estaría exento de las críticas de sus seguidores. Pero la serie policíaca a la que se había consagrado, y que la había consagrado a ella como escritora, le había robado otros terrenos fascinantes por recorrer, y ahora solo sentía ansias por recuperar el tiempo perdido. Emoción, era la palabra. Al fin. Y pensó en Sebastián Ponce, a quien por mucho tiempo que pasara jamás podría olvidar.  
 
Tal vez pueda darle otro papel, bajo otro disfraz, en mi próximo libro… 
 
Y en algún lugar de su mente, Ponce sonrió, satisfecho.




 
Sherlock Holmes y Moriarty en las Cataratas Reincheback. Autor: Sidney Paget

jueves, 20 de abril de 2017

Cuando mi vuelo termine, volveré a verte

Yo solía ver el mundo del revés. Me hacía pequeño conforme los demás crecían y así quería quedarme, para siempre, porque siendo como era ya un ávido observador, aquellas caras inexpresivas y esa falta de visión no podían augurar nada bueno a la madurez. Un libro cambió mi vida, pero yo no sabía que precisamente a través de él yo me convertiría en adulto. Se llamaba “Historias vividas”, y era un tratado sobre la selva. Una de sus láminas me llamó tanto la atención que quise convertirme en pintor. Pero ese sueño fue desterrado de golpe al no ser reconocido mi talento por mis mayores, que desdeñaron la idea, porque no era seria. Me aseguraron que para crecer era necesario ser serio, y aunque no dejé de ver el mundo a mi manera, pues era aviador, la imaginación no podía ser buena compañera de viaje, así que la dejé en tierra, y acabé por olvidarla.

Un día me estrellé en mitad del desierto. Y mi imaginación me encontró a mí de nuevo, en forma de niño de cabellos dorados ataviado con una vistosa capa. Me empeñé en tener un diálogo normal con él para esclarecer el enigma de su presencia, pero él me llevaba lejos, muy lejos, de regreso a mi infancia cuando yo quería ser artista. Empecé a seguir su lógica y hallé respuestas mucho más sencillas, mucho más puras. Él me hablaba de corderos, de bozales para corderos, de peligrosos baobabs, de habitantes de otros planetas demasiado parecidos a los humanos. De flores con espinas, delicadas y caprichosas. Su risa era la vida misma. Siendo un niño, había vivido mucho más que yo. Yo me había perdido en un lugar desconocido, pero al estar con él me di cuenta de que había empezado a perderme mucho antes. Cuando él siguió su camino, me sentí más solo que nunca.

No me extrañaría que algún día os encontrarais con él. Espero que así sea, porque tal vez, si estáis lo suficientemente despiertos y dispuestos a escuchar, podáis ver lo que tenéis delante, antes de que adquiriera mil nuevos significados sin verdadero sentido. La pureza y la belleza de las cosas más sencillas, en la clara mente de un niño.