domingo, 8 de abril de 2018

El lado soleado de la calle


En algún recóndito lugar de su primitivo cerebro latía aún el instinto por la supervivencia que le permitió existir los últimos años. Mientras, a su alrededor, se fueron marchitando las últimas formas de vida que, como él, habían ido perdiendo progresivamente los sentidos. Conocía perfectamente el final de los últimos navegantes, como les habían llamado los humanos, ya extintos. Simplemente se tendían en el yermo suelo y esperaban. Era un final tranquilo y silencioso. Resignado. El único movimiento que reinaba ya sobre el planeta era el de las reacciones físicas propiciadas por el violento final. Pura energía cósmica que regresaría al desconocido lugar de donde emergió.

Aquel último navegante recordaba vagamente a un hombre, aunque carecía de ojos y la nariz se había reducido una leve insinuación. Su piel áspera y negra que le había protegido durante los primeros años ya no era suficiente para exponerse a la luz solar. Tras el cataclismo que lo arrasó todo, aquellos seres fueron los únicos capaces de sobrevivir al calor infernal que abrasó casi la totalidad de la Tierra y secó los mares.

De todas las cosas que pudo observar de la beligerante, extraña e inteligente raza humana con la que había convivido, lo que más le gustaba era un objeto insólito que emitía una cadencia armónica de sonidos. Aquellas notas conectaban con algún recuerdo que su mente no lograba encajar, pero le daba paz.

El amanecer llegaría pronto. Eligió el dúo de Benny Goodman y Peggy Lee, y se sentó a esperar.

            Leave your worries on the doorstep
            Just direct your feet on the sunny side of the street 

Entonces se irguió y comenzó su camino dirigiéndose justo al punto donde el sol nacería para así poner fin a su propia existencia. El último vestigio de vida y humanidad resultó ser aquella imposibilidad de continuar en soledad.

La música continuó sonando sin más espectador que el propio Universo. Después, el silencio lo inundó todo.