sábado, 4 de abril de 2020

La danza del viento y una baraja de naipes

El sol incide directamente sobre el perfil de su cabeza y la espalda encorvada. El cabello de la niña es dorado, como si fuera miel. Su coleta oscila, vital y grácil. Es la hora de los destellos de luz, indiferente ante la muerte.

Nieta y abuelo juegan a las cartas, como cada tarde, en el balcón que asoma al nivel de las mismas copas de los árboles, que, generosas, ofrecen una inusitada frondosidad tras las copiosas lluvias de la primavera.

Imagino que hablan de muchas cosas, tal vez hasta ahora nunca habían podido hacerlo. Cómplices. Están de espaldas a mí, pero intuyo que el anciano está ganando la partida. La niña roba cartas de la baraja enérgicamente. Se levanta inquieta de su silla. El abuelo compresivo le explica los secretos del juego, una y otra vez, y con ello le cuenta en qué consiste la vida. Quizá ella lo recuerde algún día. Levantan de nuevo los naipes. Seguro que sonríen. Ahora se abrazan y se dan un beso. Es una tarde perfecta.

El sonido de una ambulancia rompe el silencio vespertino. Es lo único que se escucha estos días. Ese, y el insólito canto de los pájaros en esta atronadora calle ahora vacía y desolada.

Sobre ambos ondea una hilera de banderas con inscripciones que me recuerdan a las que emplazan los monjes en lejanas y sagradas montañas, como blandidas por un ser invisible cuyas oraciones se lleva el viento. La oscilante danza multicolor acompasa el baile de esas manos, marchitas y jóvenes. El sol todavía no se ha puesto. Yo disfruto de este momento mágico.

Y mañana, como cada día, alguien saldrá a batallar para que ellos puedan seguir jugando a las cartas. Y otros podamos seguir soñando con que ese mañana siga llegando.

 
Dedicado a mis vecinos y a todos aquellos que hacen posible que yo pueda verlos.
 
 

domingo, 15 de diciembre de 2019

El inicio

Lo habíamos perdido todo. Ardimos junto a la propia Tierra, tras destruirnos entre nosotros. En aquel lúgubre lugar donde nos amontonábamos, un leve rumor de agua nos despertó. Entonces alguien pronunció una palabra. Después vino otra, y otra. Todas desconocidas para mí. El rumor fue creciendo y sentimos cómo sobre nosotros caía una fina capa de lluvia. Y entonces me uní al resto de las voces y manos entrelazadas. Asíamos aquellas gotas que saciaban nuestras almas deshabitadas. Seres humanos, todos distintos, hablábamos con el lenguaje inequívoco de la mirada. Y el significado era único: esperanza.
 


domingo, 12 de agosto de 2018

La Roca


Apareció surgido de la nada
En medio de aquella niebla
Superviviente de algún naufragio
Encaramado en la roca

 
La pleamar arrebataba la visión
Del soldado abandonado a su suerte
Me preguntaba por qué seguía atrapado allí,
Entre la vida y la muerte.

 
Arriesgué mi embarcación
Ávida por rescatar al fantasma.
Su mano alcanzó la mía
Tacto áspero de mil batallas ganadas y perdidas.


Amor fugaz, de otro tiempo,
Impredecible y efímero.
Ël regresó a su hogar,
Yo navegué en el mío.


Los cálidos días de verano
Presentes de un mar con memoria
Acudirán pronto a mí,
Y regresaré de nuevo a su lado.

 


domingo, 1 de julio de 2018

Fields of Athenry


Fue en el verano de 2012, en Gdansk, Polonia. Los Green Boys de Trapattoni necesitaban un milagro, pero sabían que se las iban a ver con un poderoso rival contra el que ya habían perdido en más de una ocasión. La Roja tenía que ganar ese partido para asegurarse un paso seguro a cuartos de final. Estaba el tema de césped, según leí. Y algo de los aéreos. No me pregunten qué demonios significa eso. Pero el caso es que Del Bosque tenía controlada la situación.

El milagro irlandés se esfumó en el minuto 3, cuando Fernando Torres marcó el primero de los goles, el más rápido de la historia de la Eurocopa.

El juego no hizo más que demostrar la superioridad táctica, técnica, física de la selección española, que en la segunda parte siguió marcando goles con el arte que caracterizaba entonces a nuestra selección. Silva en el minuto 49, Torres, su segundo gol en el 70 y Fábregas en el 83. Imparables, a pesar de los esfuerzos de Given, el portero. Pero fue a partir de ese minuto 83 cuando sucedió algo que recordaré el resto de mi vida. Me empecé a fijar en las gradas. Miles de tipos vestidos de verde cantaban cada vez más alto una de las canciones emblemáticas de Irlanda, una de las más hermosas de aquella tierra.  Fields of Athenry, se llama.

Cuenta es la historia de un joven al que se llevan a prisión por haber robado cereales para alimentar a su familia en la empobrecida Irlanda del s. XIX, durante la gran hambruna.  Una canción nostálgica, que habla de libertad. No sé qué les sucedería a los demás pero para mí el partido había dejado de disputarse en el campo. Aquello no era una derrota, era una victoria. La gente cantaba, alegre, como si de una fiesta se tratara. Recuerdo los comentarios de los que retransmitían el partido. Impactados. Emocionados incluso. En aquellos últimos minutos de partido solo se les escuchaba a ellos cantar a pleno pulmón que “todavía tenían sueños y canciones que cantar” y que “Nada importa, Mary, cuando eres libre”. Por entonces aún no me había aprendido la letra…ni falta que hacía para sentir que estaba pasando ahí. Sin duda aquello a lo que cantaban debía ser algo hermoso y los jugadores derrotados sentirían el orgullo de ser lo que eran. Representantes de un país alegre, unidos. Aquella noche puede que fueran ellos quienes más y mejor celebraran ese 4-0, a favor de La Roja.


Hoy España ha perdido el mundial, e Iniesta, el que nos dejó disfrutar de una noche mágica en el Mundial 2010, deja la selección. Así son los grandes y pequeños momentos en el deporte. Vamos muy necesitados de alegrías en los últimos tiempos y de algo que nos haga ir al uníoslo. Ojalá pudiéramos alegrarnos de esta derrota como hicieron los irlandeses en el 2012. Al cabo, sus corazones parecen esculpidos también a base de muchos sufrimientos.
 
 
 
 

domingo, 8 de abril de 2018

El lado soleado de la calle


En algún recóndito lugar de su primitivo cerebro latía aún el instinto por la supervivencia que le permitió existir los últimos años. Mientras, a su alrededor, se fueron marchitando las últimas formas de vida que, como él, habían ido perdiendo progresivamente los sentidos. Conocía perfectamente el final de los últimos navegantes, como les habían llamado los humanos, ya extintos. Simplemente se tendían en el yermo suelo y esperaban. Era un final tranquilo y silencioso. Resignado. El único movimiento que reinaba ya sobre el planeta era el de las reacciones físicas propiciadas por el violento final. Pura energía cósmica que regresaría al desconocido lugar de donde emergió.

Aquel último navegante recordaba vagamente a un hombre, aunque carecía de ojos y la nariz se había reducido una leve insinuación. Su piel áspera y negra que le había protegido durante los primeros años ya no era suficiente para exponerse a la luz solar. Tras el cataclismo que lo arrasó todo, aquellos seres fueron los únicos capaces de sobrevivir al calor infernal que abrasó casi la totalidad de la Tierra y secó los mares.

De todas las cosas que pudo observar de la beligerante, extraña e inteligente raza humana con la que había convivido, lo que más le gustaba era un objeto insólito que emitía una cadencia armónica de sonidos. Aquellas notas conectaban con algún recuerdo que su mente no lograba encajar, pero le daba paz.

El amanecer llegaría pronto. Eligió el dúo de Benny Goodman y Peggy Lee, y se sentó a esperar.

            Leave your worries on the doorstep
            Just direct your feet on the sunny side of the street 

Entonces se irguió y comenzó su camino dirigiéndose justo al punto donde el sol nacería para así poner fin a su propia existencia. El último vestigio de vida y humanidad resultó ser aquella imposibilidad de continuar en soledad.

La música continuó sonando sin más espectador que el propio Universo. Después, el silencio lo inundó todo.  

 
 
 

 

domingo, 25 de febrero de 2018

La Dama y el Pincel


Qué sabe de mis recuerdos la seca pintura
entreverada en mis menoscabadas hebras,
desde el pomo de cristal en el que reposo
entre trementinas y vahos oleosos.

Quisiera ser Tiempo
para tornar a bosquejar el rostro de la Dama,
y hallar de nuevo su luminosa mirada,
aquella que atravesó mi alma.

Guié la mano ciega del artista,
consumido por un amor tornado en frenesí.
Ella destellaba entre trazos cian y carmín
con haces de luz y sombras sobre aquel lienzo.

Maldigo el silencio y la quietud,
la lejanía que es condena
mientras mi memoria se destiñe, lánguidamente,
de Aquella a la di y me dio vida.

Añoro no ser tu hacedor perpetuo
y vivir eternamente
en tu inmortal sonrisa.



                                         "La ingenua", Pierre-Auguste Renoir

miércoles, 14 de febrero de 2018

El instante mágico


Cuando alcé la vista, hastiada por la monotonía del ir y venir mundano, todo era rojo y rosado sobre un fondo limpio de un leve azul en declive. Nuestro planeta empezaba a darle la espalda al sol para mirar hacia el cosmos. Algo tan inmenso que sigue su equilibrado pulso existencial y misterioso mientras nos perdemos a diario el regalo de cada atardecer.

 
Atardecer en Port de la Selva