Cuando decidió ser escritor le dijeron que todo estaba escrito, y que jamás lo conseguiría. Le auguraron el fracaso antes de empezar y un rápido olvido, aunque lo consiguiera. Pero él siguió escribiendo a la luz de la lumbre, al anochecer, cuando nadie podía reprocharle nada. Buscó una historia que nunca se hubiera contado. Pero, mientras desarrollaba el argumento, se dio cuenta de que alguien ya había contado lo mismo, con otras palabras. Desesperado, rompía manuscrito tras manuscrito, y acabó dándole la razón a su familia. Sumergido en una rutina gris consumaba sus días sin ilusión. Muchos años después, convertido en un acérrimo lector, cuando su caminar era ya torpe y vacilante, echó cuentas a la vida y se preguntó porqué habría abandonado su sueño. Le consolaron los cientos de libros que había leído, y la respuesta estaba ahí, precisamente ahí. Tal vez todo estuviera escrito, y vivido, pero jamás nadie lo había visto a través de su mirada. Tan solo su final pondría el final a todas las historias.
miércoles, 22 de noviembre de 2017
Todo está escrito
Cuando decidió ser escritor le dijeron que todo estaba escrito, y que jamás lo conseguiría. Le auguraron el fracaso antes de empezar y un rápido olvido, aunque lo consiguiera. Pero él siguió escribiendo a la luz de la lumbre, al anochecer, cuando nadie podía reprocharle nada. Buscó una historia que nunca se hubiera contado. Pero, mientras desarrollaba el argumento, se dio cuenta de que alguien ya había contado lo mismo, con otras palabras. Desesperado, rompía manuscrito tras manuscrito, y acabó dándole la razón a su familia. Sumergido en una rutina gris consumaba sus días sin ilusión. Muchos años después, convertido en un acérrimo lector, cuando su caminar era ya torpe y vacilante, echó cuentas a la vida y se preguntó porqué habría abandonado su sueño. Le consolaron los cientos de libros que había leído, y la respuesta estaba ahí, precisamente ahí. Tal vez todo estuviera escrito, y vivido, pero jamás nadie lo había visto a través de su mirada. Tan solo su final pondría el final a todas las historias.
domingo, 5 de noviembre de 2017
Todavía no
No me gusta estar aquí. No me ha dado tiempo a comprender la complejidad del rito del que soy protagonista hoy. Durante muchos años lo viví y celebré atraído por la algarabía de la música, los bailes y las deliciosas calaveritas de azúcar. Ahora estoy al otro lado, y no acierto a encajar tanta sonrisa desde este gélido abismo.
Cada vez hay más flores. Y yo no
voy a ir al Paraíso de Tláloc.
Nací en Tehuetlán, en México. Y
desaparecí allí también. No me gusta usar “la otra palabra”. De pequeño escuchaba
fascinado las leyendas sobre la llegada al Mictlán. Ya han pasado cuatro años,
y se supone que debería haber avanzado. No he cruzado ni la primera puerta,
anclado a este sonido externo, oxígeno, dolor y vida. Me piden que emprenda el
viaje, para que mi Tonalli descanse. Pero ¿y si las historias que me contaron
son ciertas? ¿Quién iba a querer atravesar la Séptima Puerta? Los vivos ignoran
que los desaparecidos podemos seguir sintiendo miedo.
“Que la muerte que traes a tus
espaldas que dé paz” me dicen. Pero yo no ansío el descanso eterno.
Poco a poco se van extinguiendo
los fuegos y sonidos. La última vela se apaga y entonces vuelvo a sentirme solo
de nuevo. La soledad es peor que todo lo demás. Quizá es este último
pensamiento lo que me hace colocar sobre mis hombros una corona de Cempoalxóchitl.
Una bella Catrina me indica cómo iniciar el descenso. Comienzo a abrir las
puertas….
Teyollocualóyan. Ya estoy en la Séptima. La que me da pavor.
Conmigo viajan muchos otros, pero apenas sí nos miramos. He vencido al río, al
viento, a la nieve y el frío. A las montañas que me cerraban el paso. Incluso
he superado el Temiminalóyan,
que acabo de dejar atrás, esquivando las flechas que se empeñaban en hundir en
nuestros maltrechos cuerpos. Ahora me espera el jaguar y el altar, y sé que ya
es tarde para retroceder. Cierro los ojos y entro, agarrando firmemente la
obsidiana que recogí en la montaña del tercer nivel de este Inframundo. Los que
están caminando a mi lado esperan resignados. Mi duelo es en solitario. Yo miro
alrededor y me lanzo, obsidiana en mano, contra el jaguar, dejándolo malherido.
Lanzo cuchilladas aquí y allá, profiero gritos que causan pavor a mí alrededor.
De repente sucede algo que no estaba en las profecías.
Mi atuendo ha cambiado. Es totalmente
desconocido para mí. Sobre mi cabeza están las mismísimas fauces del jaguar,
que me ha cubierto como si fuera un casco, rematado por vistosas plumas de
Quetzal. En el centro del pecho, hay un corazón pintado de rojo intenso. El
colorido de mi armadura me llena de fuerza vital. Prosigo mi camino, pero la
Octava Puerta está cerrada. Alguien se me acerca y me dice:
-No estás
aceptando tu camino, tú no quieres reposar. Eres un guerrero. Tu lugar no es el
Mictlán.
Un año después en el Día de los Muertos
un colibrí se acercó a las flores del altar, aleteando con una viveza
magnífica.
Tonatiuh, Dios Azteca del Sol
jueves, 5 de octubre de 2017
No hace tanto
Añoro
las dichas compartidas
de un
caminar sosegado,ahora perdido.
La ciudad de piedra
tiene fuego en las calles
y hielo en el corazón.
Te quedaste el pasado,
devuélveme el futuro,
uno sin complejos.
Añoro pertenecer
sin justificarme,
ni culpabilizar.
Quizá sobrecargamos miradas
de lo que dejamos atrás,
no hace tanto.
¿No somos acaso los mismos?
Sueños que provocan incendios
y cenizas que dejan silencios.
Agravios ausentes de memoria.
Dona i ocell (Joan Miró)
A una biblioteca
Masía
de viejos techos,
paredes
de historias e historia.
Has
visto tantas cosas,
la
tierra y sus frutos,
el
cemento implacable,
un
relieve cambiante.
Tras
cada grieta, un recuerdo,
tras
cada libro, la inmortalidad.
Acogedora,
amable y paciente,
reposo
y consuelo de soledades.
Risas
de vidas que empiezan,
y
miradas de sabiduría
de una
vida recorrida.
Continúa
tu camino,
y no
olvides nunca
las
manos que te han reconocido.
Yo jamás
olvidaré
el
hogar que para mí fuiste.
Sala de lectura de la Biblioteca Pública de Boston (J. J. Harley, 1871)
domingo, 6 de agosto de 2017
La dádiva de Poseidón
Los tablones que a duras penas
soportan ya la tensión y el oleaje son la única diferencia entre la vida y la
muerte. La madera es el soporte vital de sueños, y promesas. De cosas que ni
siquiera pensaban hace pocos días. “Si sobrevivo, prometo…” “seré…”
“perdonaré…”. Sin espacio para moverse, agotando las últimas reservas de sus fuerzas.
Cada vez son menos, y la desesperanza da paso a la locura de la agonía
prolongada. El raciocinio se pierde cuando los seres regresan a su primigenia
condición entre hambre, sed y soledad. Algunos sostienen los cuerpos sin vida
de compañeros y viejos amigos, resignados. Pero otros resisten el embate fiero
de las murallas de mar que sortean, como pueden, con un solo trapo al viento.
Si estamos aquí, si sobrevivimos al naufragio —piensan los que todavía luchan—
no es para acabar de esta manera. Siguen guiando, manejando la desesperación,
forzando a pensar. Día tras día.
De repente, algo en el horizonte.
Gritos en la maltrecha cubierta. Los que todavía pueden alzan las manos, agitan
camisas El valeroso que nunca perdió la esperanza se pone en pie. El rojo de su
camisa alzada toma posición en la proa de la balsa.
Empequeñecidos por la fuerza
descomunal del mar, alcanzan exhaustos el cabo de cáñamo que llega del barco de
la esperanza. El hogar y una segunda vida cargada de promesas esperan.
La balsa de la Medusa (Théodore Géricault)
El timón cansado
Hoy el viejo timón entona una canción, mientras las olas se agitan con
bravura y golpean una y otra vez contra el casco, de forma muy parecida a
como sucedió a ayer, y antes de ayer. La
canción dice así:
Llevo cuatro velas a babor
y dos a estribor,Mares bravos, mares calmados,
Todos los he cruzado,
Avanzo con el viento
Voy cortando el mar
Timón y Capitán juntos han visto el Mar de Esmeralda, estrellas fugaces
en noches transparentes, tempestades terribles de olas gigantes, ballenas cantarinas,
polizones osados y princesas enamoradas. Mas ahora en Timón el roble se tiñe de
ocre y su corazón de bronce se ha oxidado. Y Las manos que sujetan el
timón llevan impresos los años, y los
vientos.
—No nos cansamos del mar, nos cansamos de navegar —le espeta el Capitán.
La madera cruje, parece protestar. Capitán comprende. No más aventuras,
no más viajes. Una noche a la luz de la lumbre recuerdan días pasados. Somos
viejos ya —dicen— es hora de descansar. Al alba vislumbran un faro y un puerto
tranquilo.
¿Por qué si es lo que ambos desean, sienten tal pesar?
Capitán y Timón se miran y, sin pronunciar palabra, el viejo cascarón
pasa de largo el puerto de los Recién Llegados a la Mar, donde los nuevos y
relucientes navíos sonríen ante su futuro y su juventud. Aún no tienen historia
y les queda mucho mar. Timón les sonríe cómplice, Capitán alza su mano.
—¡Adiós! —dicen ambos.
La madera cruje pero el alma se mantiene. Y las manos recias vuelven a
sujetar el timón virando rumbo un nuevo horizonte. De nuevo un viaje. Un último
largo viaje donde nada está escrito todavía.
La última vez que los vieron encaraban el viento, y la proa cortaba el
mar con ansia como antaño.
Seguramente os preguntaréis hacia dónde partían.
Algunos dicen que iban a reunirse con los barcos perdidos, en el Mar de
Casandra. Pero nunca más les volvieron a ver. Su destino fue, únicamente, el
mar. Dicen algunos marinos que en las noches estrelladas, antes de que la Polar
alcance su cenit, el viento y las olas entonan de nuevo esa canción:
Llevo cuatro velas a babor
y dos a estribor,Mares bravos, mares calmados,
Todos los he cruzado,
Avanzo con el viento
Voy cortando el mar
Contarte el mar
Recuerdo el día que me dijiste que te explicara qué era el mar. Eras muy pequeño y me miraste con esa expresión de curiosidad, tan tuya. Habías escuchado esa palabra, y la conocías por los libros que aprendiste a leer mediante el tacto. No sabía cómo hacerlo y decidí que lo mejor era llevarte allí. Fuimos de la mano hasta la orilla. El viento trajo su aroma a salitre, despertando en ti nuevos sentidos. Con tan solo nueve años, tú habitabas en la tierra de los sueños, donde todo es posible, y anhelaba que descubrieras la atracción de estar frente al gigante azul.
Llevábamos una pelota de plástico
y te hice pasar las manos por toda su superficie. Tú ya sabías qué forma tenía
nuestro planeta. El mar —te expliqué— lo rodea todo, pero nadie puede ver como
se curva. Lo que tenemos ahora ante nosotros es una explanada en eterno
movimiento, con una línea en la lejanía que parece el final, pero no lo es,
pues el mar sigue y sigue. Su vida transcurre en paralelo a la nuestra en
tierra. Tierra y mar se necesitan, como si fueran hermanos inseparables. Aquí
mueren todos los ríos, pero nacen todas las lluvias que alimentan a esos ríos. Dentro
habitan los animales que te he enseñado en tus libros, y en sus profundidades peces
de formas extrañas que emiten luz propia…. Puedes cruzarlo por encima navegando
—llené un cubo con agua y te hice pasar una hoja por encima del agua,
suavemente, apoyando sobre ella tu aún tierno dedo índice—. Hace mucho, viejos bergantines
y galeones lo surcaban con todas las velas desplegadas al viento, hinchadas
como si fueran inmensas pompas de jabón. Siempre ha habido algo misterioso en
él, por eso muchos exploradores —te encantaban los cuentos de exploradores— han querido cruzarlo, para ver qué había más
allá.
Tocamos la arena y, muy despacio, el
agua de la orilla. Tenías algo de miedo, pues aquel sonido te parecía furioso. ¿Por qué ruge así? –preguntaste–. Porque aquí se interrumpe y empieza la tierra —respondí—. La textura de la espuma te recordó a muchas otras cosas que ya
conocías. El cosquilleo te hizo sonreír y el temor dejó paso a la sorpresa y la
felicidad. Cientos de sensaciones nos rodeaban. Se escuchaban niños jugando, y
el canto de las gaviotas. Con tu mano firmemente agarrada a la mía, empezamos a
adentrarnos. Un salto, y otro, esquivando los tirabuzones que poco a poco
empezaban a calmarse, y finalmente, tú empezaste a nadar, como si lo hubieras
hecho durante toda tu corta existencia. El frío provocó un estallido de
carcajadas. Contuvimos la respiración y, siempre pendiente de ti, te acompañé a
tocar el cercano fondo. Quisiste disfrutar de la ingravidez y del silencio
hasta que ascendimos para tomar aliento. El sol empezaba a alcanzar su cenit y
nosotros a sentir su estímulo. Me pregunté cómo habrías recreado todas esas emociones
en tu mundo interior.
—¿De qué color es, mamá?
—Es transparente, carece de color,
aunque se camufla de un azul bellísimo, pues actúa como un inmenso espejo
reflejando lo que ve. Se tiñe según la intensidad cromática que adquieren los
celajes, desde un intenso cobalto al turquesa, y a veces de un tono gélido como
el metal o hasta un carmín como el fuego. Su movimiento produce destellos, puntitos
brillantes que se apagan y encienden en un continuo centelleo. Sé que es
difícil explicarte todos esos matices, pero lo más mágico es que se torna
radiante bajo el sol, se apaga ante las nubes, y se enturbia cuando arrecian
corrientes y mareas.
—Entonces —dijiste—, es del mismo color que la alegría, la tristeza, o el enfado. ¡Se parece a mí!
—Sí —afirmé—. En cierta manera
es como nosotros, pues todos los seres provenimos de ahí. Él es el creador de
la vida, de todas las vidas. Y por ello debemos mimarlo, y amarlo como el mejor
de los regalos que nos ha sido dado.
Me pediste que a partir de esa
noche leyéramos todas las historias del mar que se hubieran escrito. Y fue así cuando,
por vez primera, yo pude ver el mar.
Madre e hijo en la playa (Joaquín Sorolla)
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