domingo, 12 de marzo de 2017

Diosa


Hubo una vez un dios que, creyéndose superior a todos, decidió llevar la corona del poder absoluto. Un día, una diosa le retó a un combate. El dios, sabiéndose diestro en el manejo de la espada, aceptó, pero ella le abatió, dejándole malherido. Él reclamó el derecho a su inmortalidad para poder así resarcir su orgullo, y desafió a la diosa a construir el mayor templo jamás visto, mas ella construyó otro que llegó hasta el mismo firmamento. Humillado, el dios le propuso una última prueba. Deberían resolver sobre un mapa todos los mecanismos del Cosmos. El dios pasó días y noches confeccionado una obra tan deslumbrante como reveladora. Ella dejó la lámina en blanco y le dijo: 
 

—Míralos —dijo señalando hacia los mortales, hombres y mujeres, que afanosamente esculpían el Panteón en el cual habitaban—, son ellos los que nos han creado, y los que acabarán dando respuesta a todas las preguntas.

 
El dios la contempló como si lo hiciera por primera vez, y le entregó su corona. Ella rehusó el ofrecimiento y le detuvo.  


—No he sido yo quien ha vencido, ha sido tu vanidad la que ha perdido. ¿No lo ves? Hemos caminado en igualdad de contratiempos y ventajas. No he luchado para combatir contra ti. Lucho por combatir junto a ti. No soy igual que tú, tú no eres como yo. Pero juntos hemos intentado resolver un enigma que ha precisado de nuestro ingenio. Hemos empleado esfuerzo e inspiración en erigir construcciones eternas, y puesto a prueba nuestra fortaleza física peleando a espada y lanza. Y hemos sido libres en nuestras elecciones.  


La diosa se retiró dejando al dios intrigado mientras se preguntaba si aquellos humanos que trataban de explicarse su existencia a través todas las deidades comprenderían un día lo mismo que ella acababa de enseñar a quien creía ser su rival. 
 
 


Phrasikleia y Kouros

 
                                                           

 
 

miércoles, 4 de enero de 2017

Balada para una oveja


Yo, y mi circunstancia

Tengo la pezuña de la cabra Marieta metida en un ojo. Son ya muchos meses así. Ya no cabíamos en nuestro hogar habitual, la vieja caja de zapatos de siempre, porque los yayos tuvieron la gran idea de comprar una familia de patos gordos, así que nos apelotonaron en una bolsa. Los nuevos están protegidos cuidadosamente en papel cuché y, además, están cerca de los VIPS. Oigo como conversan a veces. Yo, en cambio, solo puedo dialogar con Marieta, que no está bien de la cabeza, y el asunto resulta agotador.

Soy la última superviviente del primer Belén de cabezones que hubo en esta casa. Me llamo “Ovejita” y siempre me estoy rascando una oreja, es mi eterna y simpática posición. Parezco feliz, pero arrastro un trauma. A mis 46 años todavía no me han puesto cerca del Portal, siempre me ponen al otro lado del río junto a las otras ovejas, éstas en versión moderna y todas con la misma cara, más aburridas que los molinos. El pastor que cuida de mí, Timoteo, está alcoholizado. La bota de vino que lleva pegada al cuerpo fue su perdición desde el principio. En fin, menos esos camellos portentosos, los Reyes Magos con sus vistosos trajes, los pastores elegidos, y el trío principal tan bello e iluminado, a los que llamo VIPS, el resto somos una tropa bastante patética. Aunque, según dicen, tenemos el mejor trabajo del mundo. Pero yo quiero más. Me encantaría, aunque solo fuera por una vez, poder saludar a ese crío tan mono y gracioso en torno al cual se organiza este sarao de cada año.

Y les voy a decir una cosa. Tengo la sensación de que ésta va a ser mi Navidad. Ya la imagino: Estoy frente al portal haciendo cabriolas, y todos se olvidan de los Reyes, regalos y de toda la parafernalia. Solo me miran a mí. Incluso la Virgen se levanta y me pone en su regazo para que el bebé me pueda acariciar….Sí. ¡Esta va a ser mi Navidad!

Noche del 24 de diciembre
Ya llega la hora. Ya oigo los pasos de los niños (los hijos de los niños que conocí en la década de los setenta)…¡Se están fijando en mí! ¡No lo puedo creer, estoy casi delante del portal! El niño Jesús me está mirando….¡Oh! y hasta parece que me guiñe un ojo ¡Esto es maravilloso!… Pero, un momento ¿qué demonios es esto?

Me han plantado delante un pastor enorme agachado y con los calzones bajados, y un olor pestilente destila por el ambiente. Es el recién llegado de este año, y se hace llamar “el Caganer”. Dice que vamos a ser muy buenos amigos, el muy cenutrio. No lo dudo, pero comprenderán ustedes la gracia que me está haciendo la sorpresita. No tengo más primer plano que el de sus posaderas. Detrás de mí, suena una melodía. Oigo como las pijas de mi especie susurran de improvisado una canción:

            «Oveja que sola vas

            Con tu patita te rascarás

El año que viene vendrá

Y quizá más suerte tendrás»

Panda de desgraciadas. Yo dimito. 
 
Un año después….

El Caganer se ha pasado el año hablando, sin parar. Es un tipo peculiar. Nos ha propuesto hacer una cadena el año próximo. Cuando le pregunto para qué una cadena, me dice que es un sueño que tiene, y que la estrella irá en cabeza. Quiere que todos participemos. Bueno, todos no, a los Reyes no los ha mentado. Sospecho que no tiene mucha simpatía a la realeza. Y está obsesionado con Palestina. El problema es Palestina, nos dice. Yo nunca hablo de política, ni de religión, solo soy una oveja, pero los demás discuten con él, algunos con buenas intenciones, como los conejos –proceden de los campos fríos de tierras altas, de ahí su carácter pacificador–. Pero un día casi llegan a las manos con Timoteo, cuyo diálogo ha resultado extraordinariamente fluido y lúcido a pesar de su alcoholismo. Las figuras se empeñan en llamarle “Caganet”, cosa que le molesta sobremanera. “Caganer”, dice, sin pronunciar la “r” final. El hacedor de la tierra fértil, como le gusta autoproclamarse. El caso es que, con todo, es un chico que nos cae a todos muy bien. Y le queremos.

No sé qué pasará el año que viene, ni si me pondrán frente al Portal. Pero pasar el tiempo en este saco si está dentro el de la barretina va a ser de todo menos aburrido.
 

lunes, 28 de noviembre de 2016

Cero


Parte I. Hojas muertas

Siempre la veía pasar desde mi vieja tienda de libros, hipnotizado por la danza de rizos rojos de su cabellera. Aquel otoño fue extraño, lo recuerdo bien. No hacía frío, y aún planeaban algunos vencejos sobre las húmedas techumbres del barrio. Pero los días eran plomizos, y el viento constante había teñido las calles de amarillo con las hojas de los árboles. Ella solía dar largos paseos, siempre con la mirada perdida entre esa hojarasca inerte. Tiempo después, cuando su nombre se convirtió en un referente y el libro basado en sus memorias ocupó los primeros puestos en ventas, comprendí el porqué de esa mirada que tanto me estremecía.

Se titulaba “Cero”. Cuatro fonemas sobre una sugerente portada que simbolizaban su anhelo. Sus páginas hablaban de soledad. De esperas, perdones y promesas que nunca se cumplían. De la transformación de una persona, con proyectos e ilusiones, en nada. Y en la creencia que eso era exactamente lo que merecía.

Parte II. El punto de no retorno

La historia proseguía. En algún lugar de su mente sobrevino el recuerdo de cómo era su vida antes de la destrucción completa. Sintió un anclaje en medio del vacío, visualizó el rostro de personas amadas. La madre, el hijo. Miradas que no culpaban, ni arrasaban con los escasos centímetros de piel y de conciencia que le restaban. Se aferró a esos recuerdos que parecían formar parte de una vida pasada, lejana.

Muchos días transcurrieron hasta que empezó a comprender que lo anómalo habitaba en el desconocido que estaba a su lado. Que la senda se dividía en múltiples opciones. El renacer fue doloroso, y sintió la tentación de regresar al lugar que conocía. Pero no lo hizo. Las miradas la empujaban a seguir adelante. Y un día cambió el miedo por una fuerza descomunal y primitiva, casi animal. Reconstruiría cada pieza rota, inventando nuevos horizontes. El monstruo había crecido a su costa, pero ella ya no era débil, nunca volvería a serlo. Ni las súplicas primero, ni las amenazas después, la amedrentaron. Era como una alpinista venciendo el Annapurna, y pudo ver desde la cima cómo el ser amargo que casi la destruye se consumía, derrotado, y solo.

Parte III. Ayer es pasado

El día que ella entró en mi librería la reconocí de inmediato, a pesar de los años transcurridos. Con caminar torpe –mi avanzada edad poco más me permitía– fui hasta el estante donde guardaba su libro, y se lo extendí para que me lo dedicara. Ante mí estaba aquella mujer admirable, de mirada ahora firme y sonrisa tranquila. Era una dama. Siempre lo fue.  

Ojalá hubiera sabido entonces, aquel otoño. Podría haberle contado la historia de Jo March, la de Elizabeth Bennet o Isak Dinesen. La de tantas otras heroínas que durante décadas de lecturas habían alumbrado mis horas. Hay tantas cosas que me habría gustado decirle. Pero supongo que así son las grandes historias, pues no hay metamorfosis sin lucha, ni certezas sin dudas previas. Se salvó a sí misma, y yo sabía que el resto de mañanas serían para Ella. 

En la dedicatoria ponía “A quien me supo ver cuando yo creía que era invisible”.

 

                         "Begegnung mit Henri Matisse 1972" Autor: Dagmar Anders

domingo, 1 de mayo de 2016

Los Molinos del Tiempo




Su caminar es vacilante, a pesar de la ayuda que le presta su acólito.
 
—Vigile bien el paso, mi señor, que ya estamos llegando.
—Pero, ¿a dónde dices que vamos?
—A un lugar que a buen seguro le recordará uno de sus más famosos lances, amigo y señor mío.
 

El viejo apenas recuerda ya, son cuatrocientos años que pesan por cada milímetro de su piel. Solo ha accedido a emprender ese viaje porque su guía le ha prometido que, desde allí, vislumbrará todas las grandezas que en su vida pasada alcanzó a realizar.
 

Al fin, llegan. El anciano fatigado se sienta sobre la hierba al pie de un alcor donde se alzan unas estructuras blancas, enormes, altísimas, como jamás imaginó. Tres colosales brazos como lanzas divinas giran en armónica cadencia desde la cúspide de cada uno de los relucientes pilares. La luz del sol proyecta destellos metálicos a lo largo de las gigantescas estructuras, mientras un zumbido cósmico silba a cada volteo de las afiladas aspas. Ya es tarde y el astro rey empieza a declinar en el horizonte, alargando las sombras y tiñendo la estampa de añiles, rojos y amarillos.
 

—¿Está usted viendo y oyendo lo mismo que yo? A qué esperamos… ¡vamos contra ellos! —exclama Sancho—. Mas su larguirucho amigo no responde. Es extraño verle tan abstraído, pues bien esperaba que su amo emprendiera una de sus insignes locuras ante los estilizados y sobrenaturales objetos que tienen frente a sí. Pero don Quijote ni se inmuta, se limita a mirar.


—Mi buen y querido Sancho, creo que ya acierto en mi memoria. Siéntate y reposa en silencio a mi lado.
 

 
Con lágrimas en los ojos, recuerda añorado. Ya no ve gigantes, pero los imagina. Resquicios de nobles ilusiones y forzosas empresas en las que acabó tantas veces malparado. Siente que esa España que hoy le brinda pleitesía y veneración, no fue antaño sino burla. Poco o nada ha cambiado apenas.

 
Junto a su fiel camarada, con quien compartió infinidad de desventuras, contempla esos extraños objetos que parece que jamás se detendrán, como el propio tiempo. Don Quijote sigue pensando ante los modernos molinos, sin hacer nada. Tal vez espera, y confía, que su movimiento no cese nunca y la gloriosa memoria que representan no borre su propio paso por la Historia. Al cabo, se levanta, y señala a su compañero el sendero de regreso.

 
—Vamos, Sancho amigo, ya es tarde y la cena espera, arribemos hasta el coche, que el tiempo es corto y la conversación ahora larga…


 
                                            
                                   Parque Eólico Iberdrola La Cotera, Burgos