domingo, 6 de agosto de 2017

La dádiva de Poseidón


Los tablones que a duras penas soportan ya la tensión y el oleaje son la única diferencia entre la vida y la muerte. La madera es el soporte vital de sueños, y promesas. De cosas que ni siquiera pensaban hace pocos días. “Si sobrevivo, prometo…” “seré…” “perdonaré…”. Sin espacio para moverse, agotando las últimas reservas de sus fuerzas. Cada vez son menos, y la desesperanza da paso a la locura de la agonía prolongada. El raciocinio se pierde cuando los seres regresan a su primigenia condición entre hambre, sed y soledad. Algunos sostienen los cuerpos sin vida de compañeros y viejos amigos, resignados. Pero otros resisten el embate fiero de las murallas de mar que sortean, como pueden, con un solo trapo al viento. Si estamos aquí, si sobrevivimos al naufragio —piensan los que todavía luchan— no es para acabar de esta manera. Siguen guiando, manejando la desesperación, forzando a pensar. Día tras día.

De repente, algo en el horizonte. Gritos en la maltrecha cubierta. Los que todavía pueden alzan las manos, agitan camisas El valeroso que nunca perdió la esperanza se pone en pie. El rojo de su camisa alzada toma posición en la proa de la balsa.   

Empequeñecidos por la fuerza descomunal del mar, alcanzan exhaustos el cabo de cáñamo que llega del barco de la esperanza. El hogar y una segunda vida cargada de promesas esperan.
 

                                  La balsa de la Medusa (Théodore Géricault)

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